Por Romi Matuk

Martin Luther King dijo una vez que la humanidad no puede continuar atada en la noche sin estrellas del racismo y de la guerra…. Luego, fue asesinado.

Anda dando vueltas un texto, el cual me lo han compartido y del que no dudo su intencionalidad, pero me parece que está incorrecto. Dice algo así:
«El semitismo es una raza, no una religión, el árabe es de raza semita…»

No, es incorrecto. «Semita» de ninguna manera hace referencia a una raza. Semita es un adjetivo que se usa para designar una familia de diversas lenguas habladas en los continentes africanos y asiáticos… Pero, por los andamiajes y laberintos lingüísticos por donde se cuelan los discursos, hoy pareciera que una persona puede ser «semita» y automáticamente pertenecer a la confesión religiosa de patriarca Abraham. ¡Incluso siendo ateo!

Los seres humanos no se pueden clasificar en razas; hace mucho que se abandonó el paradigma racista de la antropología británica de principios del siglo XX. Ése fue un paradigma conveniente para que las potencias coloniales impongan, de manera externa, guerras intestinas en apariencia de afrentas raciales. Esas afrentas internas siempre desembocaron en conflictos sociales mucho mayores con consecuencias terribles para la sociedad que las padecía: abandono, pobreza y miseria: todo un cóctel propicio que preparaba el terreno para la convertir a esa región rica y devastada en un arca de servidumbre a la potencia foránea de turno. ¿O acaso no notaron nunca el racismo, elitismo y sensación fantasiosa de superioridad en los conflictos intestinos de ricos Estados (con corruptos representantes, por supuesto) que terminaron a la deriva política y luego con gobiernos títere…?

Racismo y conflicto van de la mano. La consecuencia es desidia y miseria: y así se facilita el futuro saqueo por parte de quienes imponen las divisiones.

Si hoy seguimos hablando de razas o compartiendo ese error, entonces tenemos que aceptar con beneplácito a todo ese orientalismo intelectual que denunció Edward Said en su magna obra, es decir, ese orientalismo académico que mira con desdén a su objeto de estudio y habla desde la superioridad servil a un Estado imperial. Un orientalismo, en definitiva, que estudia y clasifica a las personas, sus ceremonias, ritos y creencias para hallar sus falencias y debilidades y usarlas en su propio detrimento. Si seguimos esta ruta de pensamiento que acepta sin cuestionar que existen razas en el orden de la especie humana; deberemos reconocer que hay «variedad de negros» como impusieron en los años ´90 del siglo XX los belgas en Ruanda, donde se masacraron miles de personas que se creían con pertenencia a los grupos artificiales tutsi y hutu. El racismo fue y es una herramienta de desorden y caos que desestabiliza la solidaridad orgánica de una región para beneficiar a un tercero ajeno y afanoso.

Creer que existen diferentes razas humanas es aceptar la superioridad que tuvieron los blanco-cristiano-alemanes fascistas contra todo aquel que no pertenecía a sus convicciones. Es aceptar la teoría supremacista que impone un color sobre el otro. Es legitimar también que quienes ocupan actualmente Palestina son superiores que los propios nativos del lugar. Una superioridad a fuerza de violencia y lazos comerciales con otras potencias. Y escudada en la moral religiosa.

Pensar que actualmente existen diferentes razas no solo da rienda suelta a una gradación que oscila entre mejores y peores, sino que -y esto es lo principal- oculta de manera solapada a los sectores alineados con el Poder que producen un sentido de la realidad (las más de las veces un sentido distorsionado) que mediante la propaganda, los medios, las novelas, las películas, la música y todo lo culturalmente aceptable y mainstream llega a las masas reproductoras de toda forma y contenido.

Y, por último, aceptar sin mera crítica que hay razas, supone también convalidar que hay ventaja genérica, es decir, superioridad de un género sobre otro. Bueno, de esto no hay que sorprenderse: el racismo no solo es paternalista con las sociedades que considera menos desarrolladas, sino que el racismo es absolutamente patriarcal, machista y misógino. La historia de toda la humanidad desde épocas remotas hasta nuestra actualidad da claras muestras de la opresión, comercio, esclavitud, servidumbre y disfrute que fue y es la mujer para el hombre.

El racismo no es una categorización biológica ética y científicamente correcta para observar los diferentes grupos humanos. Suscribir a la teoría racista o la cuestión de razas es simpatizar y avalar un sistema de ideas, discursos y actos que se le atribuyen a otras personas con el fin de deshumanizarlos completamente para justificar y legitimar la discriminación, la estigmatización, la segregación, la exclusión, el exterminio, los desplazamientos forzados, la violencia, los etnocidios, la ocupación, el usurpamiento, los infanticidios y toda práctica vejante contra un grupo humano.

Racistas fueron los saqueadores de Abya Yala, o América, cuando revistieron de bestialidad a los aborígenes del lugar.

Racistas son los sionistas y todo el mercado cultural, intelectual y literario que los avaló por años y legitimó la crueldad en los nativos palestinos.

Racistas son los nuevos grupos xenófobos que surgieron luego de la caída del muro de Berlín tanto en Europa como en Norteamérica y que ve a la población negra, latina, árabe, india o irania como meros peones para el trabajo, la maestranza y nada más.

Racistas son también los que alguna vez (o siempre) llaman a los musulmanes: «terroristas», «moros», «mujamad», «sometidas», «refugiadas», «beduinas», «talibanas», «osama», y demás epítetos que hablan más de un prejuicio cultural antisemita (quienes poseen de lengua vernácula el árabe también pertenecen a la nomenclatura de pueblos de lenguas semíticas) que de una supuesta cordialidad para con el «crisol de razas».

En definitiva, racistas son también los tratantes de mujeres, los que secuestran niñas y niños y los humillan, torturan, violan y asesinan solo por el hecho de quitarles la misma humanidad que ellos mismos poseen para irremediablemente vejarlos sin consecuencias morales.

Y cuidado con eso de las «etnias», las «culturas», las designaciones geográficas, el «occidente» versus el «oriente», la confesión religiosa o incluso el gentilicio. Todos esos adjetivos que comúnmente se usan para designar a una persona son utilizados muchas veces como eufemismos estigmatizantes y demonizantes para evitar decir «raza».

No hay razas entre las personas, hay que eliminar la ponzoña imperialista que produce confusión: esa noche sin estrellas de la que habló el Dr. Luther King… La especie es una y somos todos seres humanos.

“La palabra “semita” fue inventada por el filólogo alemán Ludwig Schlözer, en 1781, para referirse a las lenguas que se hablaban en la antigua Canaán. No a los pueblos ni a las personas que allí habitaban.
Es una lengua madre, en términos técnicos, un protolenguaje.
Por ello nadie puede ser acusado de antisemita.”
Dr. Saad Chedid.
Sobre la antigua Palestina y el posterior enclave colonial. (2017)

Imagen de portada y texto de Romi Matuk.