Las mujeres musulmanas no deberían verse obligadas a actuar de manera sobrehumana para que no se las perciba como débiles.

Por Sidrah Ahmad-Chan

Estoy cansada de la narrativa de Mujeres Musulmanas Empoderadas©. Es extenuante.

Como mujer visiblemente musulmana, gran parte de mi vida diaria entraña ­ocuparme de una extraña variedad de gestión de imagen. Soy consciente de los estereotipos que pueden influir cuando entro en una sala, así que asumo la misión la de desmontarlos. Desmontar estereotipos es una tendencia subyacente en mi día a día, basada en mi forma de pensar. Es como si trabajase sin sueldo como relaciones públicas para mi comunidad cuando interactúo con “el mundo exterior”. A través de mi trabajo, mi activismo y mi persona, le demuestro al mundo que las mujeres musulmanas no están oprimidas y que, de hecho, estamos empoderadas.

Esta labor es infinita, pero ese no es el motivo de mi cansancio. Lo que me ha llevado a la desesperación es la sensación de estar atrapada en una conversación en blanco y negro que no suena real. El binario “las mujeres musulmanas son fuertes y están empoderadas” versus “las mujeres musulmanas son débiles y están oprimidas”, no refleja los matices y la complejidad de las vidas de las mujeres en la realidad. Por supuesto que no. Y, sin embargo, estas dos narrativas opuestas sobre las mujeres musulmanas se alternan en un flujo interminable de retóricas simplistas. Yo misma, también he reproducido estas retóricas en respuesta a estereotipos dañinos y ante el discurso de extrema derecha al que me he enfrentado, como si estuviese leyendo los puntos de un argumentario brindado por un equipo de márketing contra la islamofobia diseñado para mejorar la marca Mujeres y Chicas Musulmanas Empoderadas©.

Y estoy agotada.

Mi labor como RRPP-revienta-esterotipos-chicas-musulmanas comenzó en 1995. Mi primer día de clase en 6° también fue mi primer día de clase con hiyab, siendo la única en la época en llevarlo en mi colegio en Toronto. Cuando entré en clase con la cabeza tapada ese día, mi profesora me pidió que me pusiese de pie y le explicase mi hiyab al resto de la clase. Recuerdo cómo sudé mientras describía el significado del hiyab a mis compañeros de clase con la habilidad de una niña de 12, asegurándome que todos entendían que llevar el pañuelo era elección mía- que estaba empoderada. A esa edad era muy consciente de los estereotipos que circulaban sobre los musulmanes: que éramos terroristas, que estábamos atrasados, y que -el estereotipo de género más relevante para mí- que las mujeres y chicas musulmanas eran víctimas oprimidas y desamparadas.

A í me correspondía demostrar la falsedad de esas ideas. Y vaya si la demostré durante muchos años.

En secundaria y bachillerato, desmontar los estereotipos de género islamófobos fue fácil para mí porque mis intereses y pasiones iban en contra de las expectativas dominantes para las mujeres y niñas musulmanas. Era ruidosa y sincera en mis clases, compartía mi opinión sobre las lecturas que nos asignaban y me involucraba en debates candentes de actualidad. Jugaba al baloncesto y al fútbol con los chicos en la hora de comer y, después de clase, me uní al equipo de rugby femenino, donde disfrutaba de rodar por la tierra y peleando por marcar en los torneos (“touchdown”). A pesar de presentar una imagen firme y atlética, había áreas en mi vida en las que no sentía esa fuerza; donde me sentía asustada, vulnerable y- me atrevo a decir- desempoderada. Pero no podía compartir esos sentimientos. No había espacio para ellos. Me los tragué para mantener la imagen fuerte que me sentí obligada a defender. La labor de romper los estereotipos islamófobos me parecía más urgente y, para mí, se convirtió en una prioridad.

«La retórica única y estereotipada sobre mujeres musulmanas no es solo hiriente a nivel personal sino que es instrumentalizada contra las comunidades musulmanas a nivel mundial. La imagen de la “mujer musulmana oprimida” se ha utilizado para justificar la colonización de países de mayoría musulmana y hasta para justificar guerras imperiales.»

– Sidra Ahmad-Chan

No fui la única en elegir esta prioridad. Las comunidades musulmanas de Canadá y de Occidente en general han invertido mucho en desafiar el estereotipo de “mujer musulmana oprimida”, una figura que se cuela en el imaginario colonial y que alimenta el daño incalculable contra las comunidades musulmanas. Ciertamente, la retórica única y estereotipada sobre mujeres musulmanas no es solo hiriente a nivel personal sino que es instrumentalizada contra las comunidades musulmanas a nivel mundial. La imagen de la “mujer musulmana oprimida” se ha utilizado para justificar la colonización de países de mayoría musulmana y hasta para justificar guerras imperiales. Por ejemplo, la invasión de Afganistán, liderada por los Estados Unidos, en 2001 fue justificada al público, en gran parte, a través de la idea de liberar a las mujeres musulmanas que vivían allí. Aun así, más de 38.000 civiles han sido asesinados en Afganistán desde la invasión en 2001, entre los que se incluyen a las mismas mujeres musulmanas que se prometía salvar con la invasión.

Además de estos impactos globales, el cliché de “mujer musulmana oprimida” también alimenta la violencia contra las mujeres de aquí, de Canadá. En 2016, llevé a cabo una investigación para mi tesis sobre mujeres musulmanas supervivientes de violencia islamófoba. En este estudio, hablé con 21 mujeres de la provincia de Toronto. En conjunto, estas mujeres me relataron más de 30 incidentes violentos producidos debido a su identidad musulmana. Estos incidentes incluyeron: intento de homicidio, agresión física, agresión sexual y acoso verbal. Varias participantes me contaron que sintieron haber sido blanco de esta violencia motivada por odio debido al estereotipo de que las mujeres musulmanas son pasivas, recatadas y que están oprimidas. Tal y como explicó una de las participantes, “la idea de que las mujeres musulmanas son débiles, sin capacidad para hablar por sí mismas, que son sumisas, que están asustadas y oprimidas, nos convierte en ´blancos fáciles´”. Más participantes repitieron sentimientos parecidos: creían que sus atacantes estaban motivados por la creencia de que las mujeres musulmanas están oprimidas; en sus mentes, estas mujeres ya eran “productos dañados” y esto parecía suficiente para perpetuar la violencia en su contra.

Teniendo en cuenta que el cliché de la mujer musulmana oprimida se encuentra en el centro de la islamofobia y cómo alimenta la violencia contra los musulmanes, tiene sentido que yo, así como muchas otras, hagamos nuestra la tarea de desmontar esta narrativa tan dañina. Los medios progresistas que intentan ayudar a esta causa, a veces, intentan rehabilitar la imagen de la mujer musulmana presentando historias triunfales sobre mujeres musulmanas atletas, políticas, ingenieras, científicas, activistas y soldados; estos artículos son posteriormente difundidos por personas bienintencionadas con la esperanza de tapar los agujeros de lo que, a veces, parece una historia inmutable y fija sobre la impotencia de las mujeres musulmanas.

¿Lo veis? Nos expresamos colectivamente a través de estas historias o contra-narrativas. Las mujeres musulmanas no están oprimidas. ¡Están empoderadas!

No me malinterpretéis: este tipo de historias son fundamentales y romper mitos es una labor importante. Después de todo, estamos viviendo tiempos de islamofobia rampante y creciente en Canadá y en el resto del mundo. Hemos sido testigo de cómo la propagación de ideologías supremacistas, así como la instrumentalización política de los musulmanes y de los refugiados como cabeza de turco, han creado una nueva identidad nacionalista blanca de extrema derecha en Canadá. En efecto, la extrema derecha utiliza el argumentario de las mujeres musulmanas oprimidas para alegar que los musulmanes no pertenecen a Occidente y para presionar por el cierre de fronteras a refugiados e inmigrantes. Así, mientras esta retórica antimusulmana se ha ido extendiendo, paralelamente han aumentado los delitos de odio antimusulmanes, sin olvidar la masacre en el Centro Cultural Islámico de Quebec, el 29 de enero de 2017, que dejó 6 muertos y 19 heridos. Además, también hemos visto cómo se ha aprobado la Ley 21 en Quebec (Bill 21) dirigida a las mujeres musulmanas (y a otras minorías), por la que se prohíbe a maestras y otros funcionarios públicos, portar símbolos religiosos.

«Si nos centramos en desmontar prejuicios, podemos quedarnos atrapadas en un bucle reaccionario y defensivo, enredarnos en eslóganes en vez de responder a los matices y su complejidad. Nos arriesgamos a convertirnos en relaciones públicas, cuando lo que hace falta es conversación reflexiva y verdad.»

– Sidra Ahmad-Chan

En este contexto social y políticamente hostil, es fundamental desmontar el estereotipo de la mujer musulmana oprimida. Pero al hacerlo, nos arriesgamos a borrar y dejar fuera a las mujeres y niñas musulmanas que no cumplen con este objetivo: aquellas que no rompen barreras y cuyas vidas no proporcionan un contrapunto convincente a la retórica de la extrema derecha. Es más, si nos centramos en desmontar prejuicios, podemos quedarnos atrapadas en un bucle reaccionario y defensivo, enredarnos en eslóganes en vez de responder a los matices y su complejidad. Nos arriesgamos a convertirnos en relaciones públicas, cuando lo que hace falta es conversación reflexiva y verdad.

La realidad es que las mujeres musulmanas en Canadá no están inherentemente oprimidas ni empoderadas, sea cual sea el significado de estos términos. Como las de cualquier otra persona, las vidas de las mujeres musulmanas están llenas de bueno y de malo y contienen un batiburrillo de contradicciones. Algunas son supervivientes de delitos de odio. Otras son supervivientes de abuso intracomunitario e intrafamiliar. Algunas se enamoran del hiyab y lo llevan por decisión propia. Otras son presionadas o coaccionadas para hacerlo. Algunas se convierten en médicas o líderes políticos y son celebradas por sus comunidades. Otras luchan contra adicciones y necesitan apoyo. Personalmente, conozco a musulmanas que han pasado por todo ello en distintos períodos de su vida. Exactamente igual que cualquier otro ser humano real y tridimensional, nuestras vidas no son caricaturas que caben en cajitas, tanto si se trata de la caja de prejuicios de extrema derecha o de la refutación progresista de prejuicios. A pesar de que, como mujeres musulmanas vivimos nuestras vidas reales y multifacéticas, muchas siguen sintiendo la presión de narrar una historia única y superpoderosa sobre sí mismas para mantener las apariencias y hacerle frente a la islamofobia.

Probablemente, la tensión más significativa se encuentra en la violencia y abuso basados en el género. El abuso se da en cualquier comunidad y las comunidades musulmanas no son una excepción. No somos más propensos al abuso que cualquier otra comunidad y tampoco somos inmunes. Pero cuando las musulmanas supervivientes del abuso alzan la voz y resulta que el perpetrador es musulmán, la comunidad en su conjunto es estigmatizada como bárbara y la historia de la víctima es susceptible de ser instrumentalizada para alimentar agendas racistas. A las supervivientes musulmanas no se les permite el beneficio de ser vistas como mujeres individuales que son blanco de hombres violentos; en su lugar, la historia de su abuso es racializada y generalizada a la comunidad entera. ¿Lo veis? Todos son así.

Así, la islamofobia complica aún más el que las mujeres musulmanas puedan hablar sobre abuso. Debido a esta dinámica tan cargada, muchas musulmanas víctimas de maltrato callan. Aquellas que sí alzan la voz, andan sobre una cuerda floja: se enfrentan a que su historia sea usada para demonizar a toda su comunidad, para que se sigan aprobando leyes islamófobas y para que continúe la violencia contra musulmanes. Al mismo tiempo, se enfrentan a posibles reacciones negativas de sus maltratadores y propiciadores dentro de la comunidad, que puede acusarlas de alentar la estigmatización de la comunidad por contar su verdad.

Espero que algún día mujeres y niñas musulmanas víctimas de abuso puedan hablar sin temer a la instrumentalización de sus historias, o al impacto que tendrá en su ya atacada comunidad. También espero que nuestra sociedad empiece a ver cómo las tácticas de la extrema derecha cooptan las historias de las mujeres abusadas para alimentar agendas racistas y xenófobas.

Pero, sobre todo, espero que llegue el día en que las mujeres y niñas musulmanas no tengamos que demostrar que estamos Empoderadas©. Que podamos dimitir de los cargos de agentes de relaciones públicas y podamos vivir nuestras vidas ordinarias, con todas sus contradicciones y resolver las cosas por nosotras mismas.

Publicado por Sidra Ahmed-Chan el 13 de febrero de 2020 en this.org.

Traducido por @MusulmanaDDHH.