Por Weame El Aghzaoui

Como mujer, musulmana, migrante y feminista, me desvinculo por completo del feminismo blanco. No me representará este 8M, creo que no lo ha hecho nunca, en realidad. Tampoco me interesa. Me agota y me aburre, mucho de las dos. Y cada vez más.

El feminismo blanco no me representa desde hace tiempo. Porque salió a las calles a aullar por la víctima de la Manada y no por las temporeras marroquíes de Huelva. Porque no estaban ahí cuando nos violaban a las otras. Al menos, no las suficientes.

Porque  hace dos días había periodistas mujeres linchando a otra compañera en directo por su elección de llevar velo y hacer política. Porque al parecer ellas y solo ellas deciden cuánto mide nuestra  opresión y cuánto nuestra libertad, ligada- generalmente- no a nuestras luchas personales sino a la cantidad de prendas que podamos quitarnos del tirón. Porque seamos honestas. Así funciona. Es una libertad para que las mujeres se (des)vistan como quieran sin ser increpadas y violentadas en ningún espacio y bajo ninguna circunstancia.

Jamás al revés. Una libertad unidireccional, impuesta y violenta. Tan antagónica a los valores del feminismo radical que impacta demasiado desde fuera y duele a rabiar desde dentro.

Porque a las feministas blancas les importa una mierda que una de mis amigas no pueda acceder a un puesto de directiva en su propio país por  un trozo de tela de más. Que sucede. Y mucho.

Igual que les importa nada la libertad de las hermanas palestinas y saharauis.

La violencia constante contra las madres solteras migrantes. Y que el Estado se lleve a sus hijos a la fuerza. Por mujeres. Por extranjeras. Por ilegales. Por pobres.

Y los derechos de las Kellys, que mientras salen a lucir pañuelitos y consignas sobre la sororidad durante la manifestación, mantienen a muchas de sus empleadas domésticas en casa por un salario miserable en condiciones de semiesclavitud. Que lo hacen. Y mucho.

Y aúllan discursos preciosos y empoderadores y pintan pancartas bien grandes y masifican las calles y protagonizan  la jornada. Pero se olvidan de nosotras. Se olvidan de ceder la voz a las negras, las marroquíes, las gitanas. Y se olvidan de las dobles y triples opresiones de todas aquellas mujeres atacadas por partida doble, violentadas en todas direcciones, luchando por erradicar un patriarcado que las oprime aquí y allí.

Porque eso es justo lo que hace el feminismo hegemónico. Sólo predica y nunca escucha. Porque no concibe una libertad y una realidad que no sea la suya. Porque se apropia y se adueña de un espacio que nos pertenece a todas y lo tiñe de falsa sororidad mientras juzga y ataca y anula a quienes vivimos fuera de su burbuja.

Porque desfila por las calles con una soberbia extrema y un discurso de salvadora blanca tan interiorizado e inamovible que acojona muchísimo.

Porque no cuestiona sus privilegios.

Porque es incapaz de revisarse un racismo intrínseco y colonial que no erradica su conciencia feminista.

Porque no es verdad que si nos tocan a una nos tocan a todas.

Pese al ruido mediático en según qué casos. Pese al postureo de rigor. Pese a la teoría sobre el papel. Sigue sin ser verdad. Y mientras no lo sea, sigue sin interesarme.

Feminismo como única vía posible para construir una sociedad de la que pueda sentirme orgullosa, feminismo como imperativo moral.

Pero el feminismo será profundamente antirracista, interseccional y anticolonial, o no será.

Así que nos vemos en las calles, que sí, también son nuestras.