Por Engy Abdelkader

Recientemente, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, declaró que la crisis del coronavirus «sigue desatando un tsunami de odio y xenofobia, chivos expiatorios y alarmismo.» De hecho, la pandemia ha impactado de manera desproporcionada a las minorías raciales, étnicas y religiosas, de forma única e interseccional, a ambos lados del Atlántico.  Según vuelven a abrirse los países, estos grupos históricamente marginados necesitan respuestas equitativas de los funcionarios, de los actores de la sociedad civil y de los líderes comunitarios en las que no solo aborden los efectos de la pandemia, sino también las desigualdades sociales subyacentes que conforman su realidad cotidiana, lo que comprende la situación socioeconómica, la sanidad y las condiciones de vida. Tratar a todas las comunidades de forma idéntica a pesar de la diferencia en las repercusiones, resulta en más injusticia.

#JeNeSuisPasUnVirus (No soy un virus)

Desde las actitudes prejuiciosas hacia las minorías raciales, étnicas y religiosas, pasando por las amenazas verbales y las agresiones físicas, la crisis del coronavirus ha exacerbado la discriminación interpersonal e individual en innumerables contextos. Sin ir más lejos, eso es lo que demuestran las manifestaciones, relacionadas entre sí, de racismo antiasiático, antisemitismo e islamofobia en los últimos meses.

Primero, la crisis del coronavirus inflamó el racismo antiasiático. Inspirada en gran medida por la estigmatizante retórica política que define la enfermedad como «el virus de Wuhan», el «virus chino» y la «gripe Kung», entre los incidentes que lo ilustran está el de la mujer que gritaba a una persona sino-estadounidense que hablaba en mandarín en público «llévense a este coronavirus* lejos de mí», o el del señor que voceaba  «Trump 2020 ¡Muérete*, muérete!» a otra víctima. A menudo, los estadounidenses de origen asiático han servido de chivo expiatorio como portadores, además de ser agredidos físicamente, vetados en los negocios y rechazados en el transporte público. Según Russell Jeung, catedrático de Estudios Asiáticos Americanos en la Universidad Estatal de San Francisco: «Los incidentes reflejan una tendencia inquietante: que los estadounidenses están culpando de un virus biológico a los estadounidenses de origen asiático. En eso, tenemos que exigir responsabilidades a nuestro gobierno estadounidense por el control de la enfermedad y salvaguarda de nuestra sanidad pública. Ambos, el virus y el racismo son amenazas peligrosas para la comunidad estadounidense de origen asiático.»

De forma significativa, la mirada al otro lado del Atlántico también debiera movernos a la reflexión. Por ejemplo, también en el Reino Unido se observado  un aumento de los incidentes antiasiáticos, como  el acoso verbal, los ataques en línea y las agresiones físicas. Entre enero y marzo, se comunicaron  267 delitos de odio distribuidos por todo el país, superando las cifras de todo 2018 o 2019. En Francia, un periódico local tuvo que pedir disculpas por sus titulares sesgados: «Alerte jaune» (alerta amarilla) y «Le peril jaune» (el peligro amarillo) junto a la  imagen de una mujer asiática poniéndose una mascarilla. La reacción pública inspiró la etiqueta #JeNeSuisPasUnVirus (No soy un virus) en las redes sociales.

Segundo, la pandemia ha procurado un terreno fértil a los tropos antisemitas, las teorías de la conspiración y los complots. Por ejemplo, algunos extremistas de extrema derecha han animado a sus seguidores a  propagar deliberadamente el coronavirus entre las comunidades judías. Otros han tomado como objetivo las instituciones judías y las sinagogas, interrumpiendo sus sesiones de videoconferencia con discursos de odio. Además, han florecido teorías de la conspiración sobre la intención de las personas judías de propagar la enfermedad para ejercer influencia global y expandir su poder. Los antisemitas también han representado a las personas judías como si estas se beneficiasen avariciosamente de la crisis de la sanidad pública mediante la concesión de préstamos, la explotación de la inestabilidad del mercado bursátil o cobrando de más por las vacunas. Aun así, otros han descrito el virus como personas judías a las que hay que «curar».

«En el Reino Unido, por ejemplo, se ha representado a las personas musulmanas en vídeos engañosos como si violasen la distancia social estipulada con el fin de para propagar el virus entre los «infieles».»

Tercero, en medio de la pandemia mundial, la islamofobia ha adoptado nuevas formas que incluyen campañas de desinformación y teorías de la conspiración que atizan la animosidad racial y religiosa. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha representado a las personas musulmanas en vídeos engañosos como si violasen la distancia social estipulada con el fin de para propagar el virus entre los «infieles».  Los fanáticos también han aprovechado esta narrativa en el contexto estadounidense. Esas campañas de desinformación, difundidas a través de las redes sociales, no dejan de tener consecuencias para la comunidad religiosa minoritaria. Por ejemplo, en Londres, una mujer musulmana fue agredida cuando un señor le tosió en la cara, le dijo que era portador del coronavirus y la llamó «cabeza de trapo».

Desigualdades sociales

Además de todo lo anterior, la situación socioeconómica, la salud, el trabajo, las condiciones de vida y las consiguientes desigualdades han exacerbado los efectos en los grupos marginados a ambos lados del Atlántico. El virus también ha agudizado las desigualdades sociales. En efecto, la crisis de la salud pública ha puesto de manifiesto las consecuencias potencialmente letales de la discriminación estructural, particularmente entre las poblaciones negras e indígenas que ya experimentaban enormes desigualdades.

«Según un reciente estudio, las personas negras en Inglaterra y Gales tienen un 90 por ciento más de posibilidades de morir de la enfermedad que las personas blancas

Primero, el coronavirus afectó desproporcionadamente a las comunidades negras. Según un reciente estudio, las personas negras en Inglaterra y Gales tienen un 90 por ciento más de posibilidades de morir de la enfermedad que las personas blancas. Los investigadores teorizaron que la sobrerrepresentación negra se podía deber a las ocupaciones que tienen más probabilidades de ser públicas, como son las de los servicios de alimentación, la sanidad y el transporte. Además, estos trabajadores esenciales tienen más probabilidades de residir en viviendas superpobladas donde la distancia social es un privilegio inalcanzable.

De manera similar, la pandemia afectó desproporcionadamente a las personas afroestadounidenses. De hecho, a pesar de que el grupo minoritario supone un 13 por ciento de la población de los Estados Unidos, el 30 por ciento de los pacientes son afroestadounidenses.  Las cifras de los estados son igualmente reveladoras. En Illinois, donde las personas negras suponen el 15 por ciento de la población estatal, representan el 41 por ciento de los muertos. En Wisconsin, donde los afroestadounidenses suponen un 26 por ciento de la población, representan el 81 por ciento de las muertes por el virus. Este patrón se observó también en Carolina del Norte, en Carolina del Sur y en Nueva York.

De manera significativa, los críticos han subrayado varios factores que explican esa sobrerrepresentación. Por ejemplo, muchos afroestadounidenses son trabajadores esenciales y tienen más probabilidades de residir en barrios densamente poblados donde la distancia social es impracticable. Las personas afroestadounidenses tienen, además, el doble de probabilidades que las personas blancas de carecer de seguro médico. Asimismo, tienen más probabilidades de vivir en la pobreza y en barrios con una sanidad de menor calidad.

Segundo, el coronavirus ha afectado de manera desproporcionada a las poblaciones indígenas. La Nación Navajo cuenta con la tasa de infecciones per cápita más alta en los Estados Unidos. En Nuevo México, los indígenas suponen el 11 por ciento de la población pero constituyen el 60 por ciento de todos los casos. Los expertos le atribuyen esa vulnerabilidad de la comunidad minoritaria a las décadas de pobreza, a los índices  desproporcionadamente altos de problemas de salud previos, a la falta de atención médica adecuada, a la carencia  de agua corriente limpia y al hacinamiento en las viviendas.

La Xenofobia institucionalizada

Además de la discriminación individual y estructural mencionada, la crisis del coronavirus ha dado lugar a la discriminación institucionalizada en leyes, políticas y prácticas dirigidas contra los inmigrantes. Dependiendo del contexto geográfico, esta xenofobia afecta a un sinfín de comunidades raciales, étnicas y religiosas.

«En Italia, Matteo Salvini, un político populista de extrema derecha, ha explotado el virus para justificar las restricciones a la inmigración de los solicitantes de asilo africanos, a pesar de no existir ningún vínculo causante. Tendencias similares entre los populistas de extrema derecha pueden observarse en España, Francia y Alemania.»

En efecto, la xenofobia institucionalizada ha florecido en Europa y en los Estados Unidos. En Italia, Matteo Salvini, un político populista de extrema derecha, ha explotado el virus para justificar las restricciones a la inmigración de los solicitantes de asilo africanos, a pesar de no existir ningún vínculo causante. Tendencias similares entre los populistas de extrema derecha pueden observarse en España, Francia y Alemania.

En abril, la ONU advirtió de que Estados Unidos estaban usando la pandemia para expulsar rápidamente a los solicitantes de asilo. Como parte de una estrategia a largo plazo para ralentizar el flujo de recién llegados, el presidente Donald Trump ha impuesto  restricciones adicionales. También afirmó falsamente que la construcción de un muro en la frontera con México prevendría más infecciones. El presentador de Fox News Tucker Carlson transmite el sentir predominante de apoyo a las medidas xenófobas: «Te dejarían morir antes de admitir que la diversidad no es nuestro fuerte».

La Igualdad

A medida que las comunidades salen de la crisis del coronavirus, los líderes transatlánticos pueden extraer importantes lecciones de la experiencia de las minorías. Primero, para apreciar completamente el impacto adverso de la discriminación entre los grupos marginados, es importante recordar las identidades múltiples de cada persona, que comprenden la raza, la etnia, el género, la religión y la inmigración. Por ejemplo, la experiencia musulmana en Europa y en los Estados Unidos debe incluir necesariamente las experiencias asiáticas, negras y latinas. Así, las experiencias discriminatorias de las comunidades minoritarias se intersectan y convergen de nuevas maneras.

Segundo, cualquier experiencia discriminatoria de grupo sienta un precedente negativo y constituye una amenaza para la igualdad entre todos. Por ejemplo, las desigualdades sociales previas que contribuyen al efecto desproporcionado en las poblaciones negras e indígenas pueden también hacer que se contagien a otras. De hecho, en el Reino Unido, las comunidades hindúes, bangladesíes y pakistaníes tienen de un 30 a un 80 por ciento más probabilidades de verse contagiados que las personas blancas. Al poner de manifiesto los efectos dañinos de la discriminación estructural, estos también nos recuerdan su naturaleza altamente contagiosa.

Por último, deberíamos evitar las falsas divisiones en la lucha contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia; véase las personas blancas frente a las personas negras, los judíos frente a los musulmanes, los grupos minoritarios frente a la población mayoritaria. No existe una jerarquía del sufrimiento. En un mundo pospandémico, todos debieran trabajar juntos para eliminar toda forma de discriminación (racismo antiasiático, antisemitismo, racismo anti-negro, islamofobia, xenofobia) partiendo de la igualdad.

Publicado por Engy Abdelkader el 29 de mayo de 2020 en The German Marshall Fundo of the United States- GMF y traducido por @redislamofobia. Imagen de portada: Photo Credit: David Garcia / Shutterstock.